"INICIO DE HISTORIA" DE BLANCO NIEBLA

14 de octubre de 2009

La siguió por instinto, había alguna cosa especial en la situación; era como un sueño en el que una sirena te canta una melodía de la que no puedes escapar, te mira de reojo y te sientes obligado a seguirla, sin preguntarte porqué. La vio entrar en el edificio público y se coló tras ella. Las puertas del ascensor se cerraban pero ella puso su mano y detuvo el mecanismo para que él pudiera entrar. A solas, se miraron por primera vez cuando el ascensor se quedó atascado en el sexto piso.
(inicio de Gris Ceniza)

Él la miró a los ojos y se dio cuenta, de repente, que ella sería su próxima víctima. El ascensor arrancó a los 10 segundos; 10 segundos que se hicieron interminables entre dos desconocidos, 10 segundos que se habían inundado de silencio, roto, de forma inesperada por el sonido de los engranajes.

Todas las demás habían sido elegidas al azar, la dependienta de la tienda de baratijas, aquella chica que tropezó con él en el paso de cebra que había junto a su casa, la conserje del colegio de uno de sus sobrinos… y así una larga lista de nombres y caras que pasarían a formar parte de su ya dilatada carrera. Pero esta vez era distinto, se había sentido especialmente atraído por ella, una morena de pelo corto y rasgos orientales, la verdad era que le recordaba bastante a una novia que tuvo y de la que guardaba muy buenos recuerdos.

El ascensor se abrió en la 4ª planta del edificio y la chica salió disparada hacia una de las oficinas que se encontraban al fondo. Él decidió subir un piso más, estuvo deambulando unos minutos entre los diferentes mostradores y luego bajo para re-encontrarse con su víctima. Había dejado unos minutos de margen para que no se sintiera intimidada de nuevo por su presencia. Se acercó al mostrador del fondo, recogió unos papeles y se dio la vuelta merodeando entre la gente que esperaba su turno. No la vio pero sabía que si no andaba equivocado trabajaría allí y saldría hacía las 3 de la tarde, como la mayoría de los funcionarios. Bajó a comer algo a uno de los restaurantes de comida rápida que rodeaban la plaza y la esperó sentado en un banco. A las 3 y cuarto la vio salir por la puerta giratoria que enmarcaba el enorme edificio de oficinas. Sin que ella se diera cuenta la siguió, bajó a la misma parada de metro y continuó hasta bajarse en el mismo andén. Lo tenía todo preparado y esta vez estaba más seguro que nunca. Al llegar a la esquina del parque que rodeaba a una lujosa urbanización aceleró el paso, estaba a un metro de poder alcanzarla y cuando tuvo la oportunidad la agarró del brazo, ella se giró, él supo que lo había reconocido pero daba igual, cuando lo hacía no había escrúpulos que pararan sus instintos. Le puso la mano en la boca y desapareció con ella entre unos matorrales. Era fuerte, las horas de gimnasio habían servido para algo, y la podía sujetar sin ningún esfuerzo. El ritual era el habitual, pañuelo, formol y sobre todo destreza, se creía un profesional. Le bajo el pantalón y las bragas, con eso le bastaba, y la penetró. Tras los 10minutos que duró la tortura a ese cuerpo inerte recogió sus cosas y allí la dejó, tirada como si fuera un muñeco de trapo; sabía que como a todas, alguien la recogería; también sabía que ella no sería su última víctima, le gustaba lo que hacía, él no mataba, daba a las mujeres lo que necesitaban, eso era lo que pensaba su mente depravada.

"INICIO DE HISTORIA" DE VERDE BÓSFORO

10 de octubre de 2009

Inesperadamente, desperté. Estaba conmocionada, no sabía donde estaba ni con quien, solo sabía que había abierto los ojos tras haber permanecido inconsciente sabe dios cuantas horas. Lo primero que hice fue mirarme las muñecas, ni rastro de sangre, ni rastro de las cuchillas que unas horas antes habían rasgado mi piel cuidadosamente. Me asusté, pues en el lugar donde debería de haber habido sangre o en su defecto vendas, no había nada, mis venas resplandecían tras la piel cristalina como si nunca hubieran sido degolladas a traición. Me miré, llevaba la misma ropa y todo parecía estar en su sitio. Entonces miré a mi alrededor…
(inicio de Blanco Niebla)

Cuatro personas más estaban en la misma sala, pequeña e iluminada únicamente por una lámpara de aquellas de sodio. Se miraban como si no se conocieran, con la misma expresión de asombro que yo misma procesaba. Entonces recordé. Había cogido a los niños, y sí, los maté yo misma, sus llantos no me habían dejado pegar ojo la noche anterior. A qué venían tantas quejas, son cosas que pasan, me alteré y no pude más, no recibía ayuda de nadie. Me recordarán como un monstruo porque no han sabido entenderme. ¿Ahora qué hay que hacer? ¿Esperar que alguien venga a buscarnos? ¿A dónde nos llevarán? ¿Tal vez he muerto? No recuerdo eso. Sólo tengo que esperar, alguien vendrá, siempre viene alguien.

"INICIO DE HISTORIA" DE VERDE MADURO

Parece no haber nada especial en el escenario. Una joven nerviosa contemplando un libro, un anciano observando al milímetro la actitud de la chica. Quizá ella no entienda nada o tal vez sea que no comprenda lo que el hombre quiere mostrarle, sin embargo él la absorbe con la mirada, como un niño esperando la respuesta de su madre a ese porqué. Ella se siente desnuda, tiene miedo a fallarle y es entonces cuando se atreve a mirarle y ambos se iluminan. Una conexión extraña entre ambos...
[inicio de Verde Bósforo]

Ella se siente intimidada e incómoda. Desvía la mirada. No puede aguantar esos ojos de color tan peculiar: gris, azul,… una mezcla de ambos colores. El suelo, ese entarimado de oscura madera desgastada por los infinitos zapatos que lo han pisado, la calma. De reojo, por eso, lo sigue observando.
El público se está impacientando. Es escaso, pero demasiado exigente. Entre ellos, escondidos, están a los que no se pueden defraudar en ningún momento y bajo ninguna circunstancia por más especial que pueda ser.
Ella levanta la vista, llevándola al frente, y de nuevo aparece la extraña conexión entre ambos. Una conexión unida por un invisible hilo, que solo ellos ven, como si alguien hubiera espolvoreado alguna sustancia para hacérseles visible.
Seguridad, confianza, serenidad…, esto es lo que los ojos de él muestran. Firmeza en su compostura. Bien erguido y la cabeza alta con la mirada puesta al frente, directa a la persona. ¿Miedo? Para él no existe el miedo, ni el pánico, ni el temor para él. Nada de todas estas cosas. Él, ante una situación como en la que se encuentra la chica, sólo conoce el valor y la seguridad. Esto es lo que le quiere transmitir mediante la extraña conexión formada entre ambos.
Ella cabizbaja, denotando inseguridad y debilidad, decide romper con la conexión una vez más. Mira el libro reposando entre sus manos. De él salen varios trozos rotos de papel blanco, marcando páginas, con pasajes concretos del libro. Se repasa las letras, de pálido rojo sobre un fondo ocre, de la portada de tapa dura. El pulso es inestable y tembloroso. Los nervios le pueden más que cualquier cosa.
Un carraspeo entre el público le llama la atención y de refilón mira la sala que se extiende ante ella. Contados son los espectadores. Una gran minoría del poco público está interesado en las palabas que pronto inundaran esa sala, los demás son conocidos con ansias de verla triunfar o por lo contrario verla defraudar y poder regodearse en su sufrimiento por haber frustrado y caído en el intento.
La conexión se establece de nuevo con el anciano con el que tanto tiempo ha compartido y que se encuentra allí por una única razón: ayudarla a dar el paso; darle ese empujoncito que le falta. Sigue observando esa actitud nada apropiada ante la situación. Sólo puede leer una palabra y sentimiento de todo eso: vergüenza. Intenta transmitirle lo que lleva rato queriendo hacer. Quiere cambiarla para bien, pero los nervios son traidores y él lo sabe. Demasiados años a su espalda como para no conocerlo. Decir que nunca lo ha vivido es mentirse a todo el mundo y mentirse a si mismo. En su primera vez no tenía a nadie que lo intentara aserenar, tenía que hacerlo solo, y ahora él hace lo que le gustaría que le hubieran transmitido por ese entonces, de innumerables años atrás.
Siente que esa conexión es más que algo extraño. Reconoce la mirada del hombre. Sabe lo que quiere transmitirle y no se lo piensa más. Levanta la cabeza con firmeza y se yergue con extrema seguridad sobre si misma adoptando fortaleza y vigor sacado de su interior, que ni ella misma se esperaba por su propia parte. Un rebelde mechón de pelo demasiado corto le entorpece la vista, que ha cambiado dejando de lado la cobardía y vergüenza que sentía. Con ímpetu da media vuelta y camina decidida hacia el atril. Deja el libro encima, abriéndolo por la primera página que tiene marcada. Dentro la hoja, servida como punto de libro, está escrito marcando una pequeña pauta por si la mente se le queda en blanco. Mira el auditorio con valor. Inspira profundamente y expira en un suspiro. La mirada del hombre demuestra felicidad, de la misma forma que la imperceptible curvatura de sus gruesos labios, ya envejecidos. La chica se repasa, mentalmente, el esquema preparado y empieza.

"INICIO DE HISTORIA" DE FUCKSIA ANORAK

8 de octubre de 2009

En el día que más común aparenta ser, es a veces cuando pasan cosas que cambian la vida de uno. Eso es lo que le pasó a Aiko una mañana de noviembre. Había llegado a la estación de Tokio una hora antes de la salida del tren que la llevaría a Kobe a ver a su familia, así que se quedó haciendo tiempo en una librería cercana. Allí había otra chica, más o menos de su edad, que en un momento acaparó toda su atención. Sobresaltada, se metió tras una estantería y la estuvo observando sigilosamente, intentando no ser vista. No quería parecer indiscreta y, lo que le avergonzaba más, perturbada. Había algo en esa chica que le resultaba familiar.
(inicio de Blanco Hielo)

La joven espiada compró un libro gordo, de muchas páginas y con la tapa de color verde. Seguramente sería un best-seller, pensó Aiko. Tenía curiosidad y le iba a seguir. Antes de salir de la librería, pudo confirmar gracias a un cartel publicitario que la desconocida había comprado un estúpido best-seller. Esa chica le fascinaba, había algo en ella que era imposible de describir Tal vez su austero rostro o su endeble cuerpo. O su anodina mirada. O…

De repente, Aiko se vió sentada en el tren que la llevaba a Kobe ¡ Qué casualidad! La desconocida chica a la que estaba espiando también viajaba a Kobe. Estaban sentadas frente a frente y, entonces…

-¡ Odio los best.sellers!-resopló repentinamente la desconocida

-Eh…-dijo Aiko dubitativamente

-Jejejeje

La voz no parecía de este mundo, era tan bonita y aterradora a la vez que Aiko no se atrevió a mediar palabra alguna en todo lo que quedó de trayecto. Miraba por la ventana y, con el cuello girado hacia el borroso paisaje, torcía la mirada para observar a la desconocida con gesto disimulado ¡ Era tan colosal e indescriptible! Pero ejercía en Aiko una atracción fuera de lo común. No era sexual ni nada parecido. Intentaba mirarla con su gesto disimulado pero, justo lo hacía, la extraña compañera de viaje fijaba los ojos entorno a ella. Todo el viaje fue un constante juego de el ratón y el gato, pero de miradas y gestos disfrazados.


El tren llegó a su destino y Aiko decidió proseguir su seguimiento, ya que había su familia, a la que no tenía mucho aprecio (más bien los odiaba), podía esperar. Mentía, adoraba a su tía Fujiki, pero eso es otra historia. La misteriosa chica salió de la estación del tren con paso liviano, parecía que caminaba en el aire. Giró a la izquierda de la tercera calle, caminó cincuenta metros, pasó la rotonda y torció a la derecha hasta llegar a una grisácea casa. Aiko se quedó boquiabierto: ¡era la casa de sus padres! Un nudo se instaló en su flaco cuello y no paraba de preguntarse, y ahora con nervios, ¿quién demonios era esa chica? Mientras ella despertaba de su breve colapso, la extraña entró en casa de sus familiares. Aunó fuerza y se dirigió a la puerta. Picó, pero nadie le abrió. Gritó, pero la ignoraron completamente. Estuvo alrededor de treinta minutos aporreando, gritando, llorando pero nadie le hacía caso.

La desesperación le llevó a abandonar el lugar. Sería, un sueño. Bueno, más bien, una pesadilla. ¿O estaba delirando? Aiko no paraba de pensar ¿ Puede que me hayan metido algún tipo de droga cuando tomé un café antes de entrar en la librería? ¿ O puede que fuera alguna droga que le dieron en la librería en forma de polvo o…?
Lo mejor, se decía Aiko, sería volver a casa e ir al médico. Cuando volvió en sí, después de tantos pensamientos, estaba ya en el tren de vuelta. Había gente, pero los ignoró. Cerró los ojos y no los abrió hasta que el tren llegó a su destino. Un poco más calmada y ya en la estación, decidió tomar un café, algo relajante (más bien calentito). Aiko marchaba para casa, estaba lo suficientemente calmada cómo para ir al médico. Pero pensó en entrar, otra vez, en la librería. Al fin y al cabo, todo había empezado ahí. Entró y echó un vistazo en general: todo estaba (más bien parecía) igual. Preguntó al librero si recordaba a una chica que esa misma mañana…y antes de que acabara, el librero se econgió de hombros. Aiko suspiró y se puso a mirar libros. De repente, se sintió vigilada. Intentó no mirar detrás de sus afilados hombros y cogió el primer libro que había a mano. Era gordo, con muchas páginas y tenía la tapa de color verde.

Salió de la librería con paso normal, procurando no ir muy rápido y sin hacer mucho ruido. Iba casi de puntillas. Estaba segura de que alguien la seguía. Lo notaba. Se subió en el primer tren que tuvo la oportunidad, dando la casualidad que era el tren que la había llevado y traído de Kobe. Se sentó y, justo en frente suyo, se sentó una chica. Era delgada, de rostro austero, no sabía si la estaba siguiendo o no y…

-¡ Odio los best.sellers!-resopló repentinamente Aiko

-Eh…-dijo la desconocida dubitativamente

-Jejejeje

Rió nerviosamente, tratando de disimular su pequeña trampa disfrazada. La desconocida no dijo nada del libro. A lo mejor era su imaginación o los nervios de ese extraño día. Todo el trayecto trató de reconocer la chica que tenía delante…Le recordaba mucho a la persona que había estado siguiendo, pero tenía algo diferente. Y Aiko trataba de averiguar quien era.

El tren llegó a Kobe. La chica que le seguía también. Palideció. Ahora estaba segura: la estaban siguiendo. Aceleró un poco el pasó. Miraba de refilón y la chica le seguía y unas saladas lágrimas empezaron a resbalar por las mejillas de Aiko. Miraba de un lado a otro, no sabía dónde ir. Pero, como si de un robot se tratase. Se plantó delante de casa de sus padres. ¿ Le abrirían esta vez? Aiko, arrastrando los pies, se dirigió a la puerta. Lloraba, lloraba, lloraba fuego, lloraba rabia, lloraba soledad y cuando levantó la mano para picar a la puerta, ésta se abrió y apareció su madre (y su padre, en un segundo plano) llorando y con los brazos abiertos. Y mientras Aiko se arrojaba a los brazos de su padre y de su madre, ésta última dijo:
-Te perdonamos

"INICIO DE HISTORIA" DE BLANCO HIELO

No le dio tiempo a levantar la tapa del váter. Echó la cena mezclada con el alcohol que había ingerido durante toda la noche. Vomitó sin tregua, en un lavabo de mala muerte, con su vestido de diseño y sus tacones de siete centímetros. Fuera, podía escuchar a un par de adolescentes cómo hablaban de un tío del Tuenti. “Estoy mayor”- pensó mientras miraba el pozo de porquería, esperando que viniera de nuevo la arcada. La cabeza le daba vueltas, y aunque todavía seguía demasiado borracha para avergonzarse, no podía dejar de pensar en el ridículo que había hecho durante la cena. “¿Por qué no me muero aquí mismo?”- pensó en voz alta.
(inicio de Púrpura Tenue)

Por un momento se le pasó por la cabeza la irónica idea de que, en aquella situación, parecía una imitación esperpéntica de aquella famosa escena de Trainspotting. Se metió prisa a sí misma por acabar cuanto antes, y así, al cabo de unos diez minutos, se enjuagó la boca, limpió el lavabo como buenamente pudo abriendo el grifo y se dispuso a volver a la mesa a fingir que no había pasado nada. Al salir del baño se dio cuenta de que no era capaz de enfocar bien los motivos florales orientales que decoraban las paredes de aquel restaurante de postín; parecían moverse. Hizo todo lo que pudo por mantenerse sobre los tacones mientras caminaba hacia la mesa. “Hay que ver …” - pensó - “yo que me había puesto hasta arriba de vino y champagne para ver si distendía la situación y de paso olvidaba el horrible bochorno de antes, y resulta que ahora estoy borracha y sólo voy a conseguir empeorarlo todo …”.
Llegó y volvió a sentarse en su sitio, rodeada del resto de miembros de la compañía de teatro en la que trabajaba y los directores de un conocido teatro. Todos parecían estar disfrutando de la velada que compartían compañía y dueños del teatro para celebrar el próximo estreno de la obra que habían convenido representar, sin recordar aquel comentario inoportuno que había soltado Beatriz un rato antes; sin embargo, ella creía intuir un gesto irónico en las caras de todos ellos, especialmente en la de la directora de la compañía, que había sido la más afectada por aquella metedura de pata. Sintió repugnancia hacia ella, e impulsivamente se volvió hacia Elvira, la compañera que tenía sentada a su derecha para desahogarse.
- Mira con qué jeta me mira esa perra infernal; qué asco me da con esos morros operados que lleva la muy…
- Cállate, anda, que con la borrachera que llevas te me estás poniendo deslenguada y te va a oír en cualquier momento- le interrumpió Elvira.
- Encima no me digas que me calle, que bastante tengo con aguantarla todos los…
- Anda, ven al baño y me lo cuentas si es que lo tienes que soltar, que como sigas soltando esas perlas aquí delante de todo el mundo, todavía arreglas lo que has dicho esta noche, guapa.
Elvira cogió su copa de champagne y la agarró del brazo. Se excusó ante el resto de los presentes y tiró de Beatriz hacia el baño de señoras del que acababa de salir.
Elvira llevaba ya unos cuantos años en la compañía. Era algo mayor que Beatriz, pero en seguida había sido quien más confianza le había brindado, y pronto se habían hecho más o menos amigas dentro de ese mundillo que Beatriz consideraba lleno de falsos modestos, de falsos bohemios, de poses, de trepas y de hipócritas.
- Bueno, como te iba contando, que si no fuera porque es la que me paga todos los meses y porque si no me hubiera cogido yo no estaría ahora actuando, te digo que yo a esa le decía cuatro cosas, o le escupía en la cara esa de estirada que tiene, o yo qué sé…
- Cómo se nota que eres nueva por aquí, guapa - rió Elvira.- En realidad Patricia no pinta nada aquí. La compañía era de su padre, que la llevaba junto a Ángel, el marido de ella. Al morir, dejó a su hija en la dirección, pero ella en realidad no sabe nada de lo que es este mundillo, sólo pone la cara bonita porque es una figuranta y ya está. El que maneja el cotarro sigue siendo Ángel, vamos, menudo es ese. A la chita callando, y aunque le deje a ella llevar siempre la voz cantante, él es el que está forrado, y el que mueve los hilos detrás de todo ésto, claro. De todas formas no te preocupes, que tu problema de tener que verle la cara a la asquerosa de doña Patricia se va a acabar pronto. Supongo que te imaginarás que después de la de esta noche, estás fuera de la función que nos acaban de dar.
- ¿Qué dices?
- Deberías haberte atado un poquito la lengua. Llevo años aquí y sé cómo funciona. Has puesto en ridículo a la compañía; Patricia está indignada, y podría asegurarte que Ángel en seguida despachará a quien vaya poniendo obstáculos. Créeme que le conozco bien…
Beatriz se echó a llorar desconsoladamente y a lamentarse, con la frente apoyada sobre la pared y dándole golpes.
- Bueno, mujer, no te pongas así, que tampoco es algo definitivo… ya veremos que puedo hacer por ti, ¿eh? - le consoló Elvira mientras le colocaba suavemente el palabra de honor para que no fuese enseñando el sujetador por encima del escote.
Volvieron al comedor cuando Beatriz se hubo secado las lágrimas y arreglado el maquillaje. Allí seguían todos haciendo la sobremesa. Entonces Beatriz se fijó en el tal Ángel, que se encontraba discretamente sentado al lado de su escandalosa mujer y su vestido de leopardo. Estaba callado y con aspecto tranquilo, escuchando la alocada charla de su esposa con los dueños del teatro donde iban a representar. Fumaba despacio un cigarrillo que acababa de sacar del bolsillo de su traje gris marengo, combinado con una corbata naranja. “Con ese aspecto y tan recogido en su segundo plano, cualquiera diría que es el que parte la pana aquí” pensó Beatriz, “a lo mejor lo que acaba de decir Elvira está un poco exagerado”.
El lunes siguiente, Beatriz llegó al teatro a ensayar como si llevase unas pesas sobre los hombros. Mientras abría la taquilla que le habían asignado para dejar sus cosas durante el ensayo, esperaba que llegase en cualquier momento su querida doña Patricia por detrás a comunicarle su despido. Estaba abatida y de hecho había dormido poco aquel fin de semana de darle vueltas a cómo un estúpido comentario inoportuno había arruinado su soñada oportunidad para ser actriz.
Al abrir la taquilla encontró un sobre grande dentro. “Ya está, aquí lo tienes, por metepatas”, pensó. Sin embargo, por fuera del sobre no había nada escrito. Lo abrió y sacó de él otro sobre en el que ponía: “Ya está todo arreglado. Sigues en la obra. Serás la estrella revelación, seguro”. Al abrir ese sobre encontró dentro una corbata naranja, junto a otra nota en la que ponía: “Ahora te toca a ti devolverme el favor…”. Debajo pudo leer la firma de Elvira.

"Pacto con el Diablo" por Fucksia Anorak

7 de septiembre de 2009

Individuo 1-Parece que esto se va a resolver,¿no?
Individuo 2-Sí…Siempre se me han dado bien los diálogos, ¿sabes?
Individuo 1-Podría ser, tú lo debes saber mejor que nadie
Individuo 2-Pues, entonces…
Individuo 1-¿Cerramos el trato?
Individuo 2-Tú tienes la última palabra
Individuo 1-La propuesta ha sido tuya
Individuo 2-Sí, pero tú eres quien elige
Individuo 1-Umm…Si estás dispuesto a asumir las consecuencias, si
Individuo 2-Yo, en un principio, no tengo nada que perder
Individuo 1-Ni yo, por eso estoy aquí
15 segundos de sonoro silencio
Individuo 2-Decídete ya
Individuo 1-Je,je,je…el misterio hace que deseemos más lo que desconocemos
Individuo 2-Por eso he acudido a tu encuentro
Individuo 1-Por eso estoy mintiendo
Individuo 2-¿ Cerramos el trato?
Individuo 1-Imitarme no servirá de nada, lo sabes
Individuo 2-¿ Si o no?
Individuo 1-Ya sabes la respuesta

"Pacto con el Diablo" por Azul CIelo

Caminaba como una autómata por las oscuras callejuelas de la ciudad, apenas podía distinguir cuando las noches se convertian en días y estos a su vez otra vez en noches. La sombra del rimel diluido entre lágrimas dibujaba grandes zurcos en su hermosa cara, enmarcando lo que antaño fueron dos preciosos ojos azules y que en estos momentos no eran más que pozos de agua turbia. La transformación había comenzado.
Se detubo por inercia delante del número 22 de aquel callejón y un extraño personaje completamente de negro le franqueó la entrada, estaba nerviosa, no sabía como se desarrollaría la noche en aquel siniestro local, y aunque asustada, la chica entró.
La oscuridad bañaba el local, cuerpos sin dueño se movian al compás de la música, tan juntos que costaba distinguir donde comenzaba uno y acababa el otro. A medida que pasaban los minutos la música se volvía más frenética, los cuerpos se movían mostrando una erótica danza, casi hipnótica, cada vez le costaba más moverse entre la gente, pero, pese a las dificultades, le encontró.
Sus penetrantes ojos verdes le miraban desde el fondo del local, y ella pensó que era la criatura más bella que había visto nunca, se dirigió sin vacilar hacia él, y le dió un apasionado beso que él correspondió con ganas. Le tomó de la mano y se dirigieron al reservado del local, ambos sabian lo que pasaría allí dentro, y sin embargo, ninguno dudó, ya no había vuelta atrás.
La gran cama ocupaba el centro del reservado, cerraron la puerta y se dejaron llevar por la pasión contenida, aquel era su momento y el de nadie más. Ahora él tomó la inicitiva y levantó a la chica hasta posarla en la cama, los besos eran cada vez más fuertes, primero pasión, luego rabia, furia, como si en esos besos se les fuera la vida, como si cada beso fuera el último, ella no podía resistirse más y de forma descendiente comenzó a trazar un camino de besos hasta que llegó al punto crucial, su cuello. Él se relajo disfrutando del momento y entonces todo cambió.
Dos afilados colmillos atravezaron la fina capa blanquecina de piel, un torrente de sangre escarlata comenzó a brotar por los pequeños agujeros, ella sorvía golosa aquello que para ella era un manjar, mientras tanto él se dejaba caer en el sopor inconfundible de la muerte, sin resistencias, sin oposiciones, simplemente disfrutando del efímero momento, ya estaba condenado, pensó él.
Ella intentó contenerse pero el sabor metálico de la sangre del joven era demasiado irresistible, el pulso se ralentizaba segundo a segundo y ella sabía a ciencia cierta que si no paraba en aquel momento él no sería más que un cadáver entre sus brazos, y sin embargo era tan difícil contenerse a esa sangre tan dulce, a aquello que la llenaba de fuerza, de vitalidad, a aquello que la hacía sentir un poco más viva, y cuando quizo darse cuenta él no era más que un cuerpo sin vida, ella comprendió la situación y se separó de él, se relamió los colmillos y llamó al servicio para que arreglaran el desastre, otra vida segada a cambio de la suya propia, ese había sido el pacto, alimentarse o morir, ella ya había decidido, y si algún día
tenía que arder en el infierno por su decisión...que así fuera.